La tradición de los renegados
y el valor extremo de las palabras
Por Cristian Aliaga

Entre el imaginario de los viajes y el testimonio -anónimo, popular, oral, con frecuencia inexistente en los registros- de aquellos que habitaban estos lugares antes de cualquier desembarco, se configura un espacio textual tan amplio como el mismo territorio al que hacen referencia los cronistas de todas las épocas y orígenes.

 

Pigafetta inicia la saga

En 1520, Antonio Pigafetta inicia la saga de los relatores-viajeros de las tierras australes. El cronista de Magallanes anticipa la estrategia y el tono que marcaría a la mayor parte de sus sucesores ilustres. “Durante el viaje -escribe en su Diario- entretuve lo mejor que pude al gigante patagónico que llevábamos en nuestro barco, y por medio de una especie de pantomima, le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario”. (1)
Sus crónicas, por una parte sutilmente descriptivas y precisas, revelan al mismo tiempo la mirada extrañada y superior de quienapela a la pantomima y al encubrimiento para comunicarse con el nativo, a quien trata como a un niño o a un adulto de escasa sabiduría. Pigafetta entretiene al patagónico para poder contar su historia y develar su lenguaje. Hay aquí una marca fundacional de la mirada que descubre y al mismo tiempo inventa un territorio para el mundo.

 

La “intemperie del Pais”

A comienzos de enero de 1778, una embarcación al mando de Juan de la Piedra daba origen a la primera población colonizadora del actual territorio de Chubut. 
Aquellos españoles desembarcaron en un golfo al que llamaron San José. El barco partió y -a raíz de un cambio de planes en Buenos Aires- los conquistadores quedaron abandonados entre los médanos de la península de Valdés. A punto de morir de sed, cavaron pozos en la arena, y sólo se salvaron gracias a la pericia del piloto Villarino, un baqueano. En agosto de 1810 los tehuelches saquearían el fuerte de San José, devolviendo al desierto los restos de la vanguardia civilizadora. Cuando eso pasó, ya el primer gobierno patrio había dispuesto el traslado de la guarnición a Carmen de Patagones. Quedaban en el lugar veinticuatro tumbas de muertos por el escorbuto. El episodio nos llega a través del cirujano Francisco Calleja, quien estudia las causas de la epidemia a instancias de Antonio de Viedma. (2)
El texto de Calleja -quien cita poéticamente a “la intemperie del Pais” como una de las razones del desastre- pone en evidencia otros rasgos que formarán la tradición de quienes escriban en la Patagonia. Están allí con fuerza de símbolo el espíritu pionero, el abandono, la incomunicación como razón para la tragedia, la desesperación y la necesidad imperiosa de volverse baqueanos para sobrevivir. Están también la perspectiva lateral de quien relata y el choque inevitable de los mandados a colonizar y los obligados a resistir por la dignidad o la furia.

 

La interpenetración sensual y/o violenta

Pero la tradición de estas tierras es necesariamente ambigua y poseedora de múltiples sentidos. Porque el desierto, que para los cristianos era un enemigo, para los habitantes originales de la Patagonia era un aliado.
“Porque a la ventaja de las armas y la organización de los cristianos -escribió Luis Franco- los oriundos oponen el conocimiento a fondo del desierto y sus recursos, la superioridad de sus caballos y su táctica de ataque por sorpresa y en grupos dispersos prontos a borrarse en el polvo o la sombra”. (3)
El lúcido texto de Franco es un indicio de que el verdadero sentido de los relatos está...en los relatos. Lejos de la tautología, la configuración de una tradición en la literatura de la Patagonia nace del cruce de miradas, de la interpenetración sensual y/o violenta de las culturas y los lenguajes. De allí surgirá la posibilidad de una ficción diferente, cargada por la mixtura de formas de sentir y contar que debe tanto a la extroversión de los inmigrantes italianos y españoles como a la parquedad poblada de poesía de los aborígenes y la melancolía de los europeos del centro-oeste.

 

La prosapia de los viajeros

Desde aquel Charles Darwin que relevó en 1832 cada accidente costero del extremo sur a bordo del navío Beagle, al mando del célebre capitán Fitz Roy, y aquel George Chaworth Musters que en 1869 trazó mapas precisos y descripciones impecables para la corona británica;  hasta el viaje periodístico, diletante y fugaz -al fin, no fueron más de cuarenta días- de Bruce Chatwin un siglo más tarde, el espacio patagónico ha sido recorrido con avidez por observadores profesionales de toda laya. Casualidad o indicio, estos tres apellidos británicos responden cabalmente a la tradición de los cronistas viajeros. Más allá de su oficio -fueran geógrafos, naturalistas o escritores a secas- posaron sobre el sur su mirada inquisidora, sutil, impregnada a un tiempo de utilitarismo y humor inconfundiblemente british.
Cabe recordar que en aquel viaje del Beagle nació la frase tristemente célebre de “tierra maldita” que Darwin habría atribuido a la Patagonia. En realidad, “en todo su relato se trasparenta su admiración y fascinación ante el grandioso escenario salvaje y solitario y lo que verdaderamente escribió fue: ‘la maldición de esterilidad pesa sobre este país, y el agua, que se desliza sobre un lecho de piedras, participa de la misma maldición”. (4)
Hombres como el célebre perito Moreno; los capitanes, técnicos y científicos de las tropas de Roca; Burmeister; Lista, Moyano, Clemente Onelli, Carlos Ameghino y Guillermo Hudson cimentarían más adelante un corpus de textos patagónicos cruzados por las observaciones científicas y testimoniales de una tierra en proceso de descubrimiento.
La prosa militar de los informes castrenses no puede emparentarse en líneas generales con la literatura. Sin embargo, aun esos textos redactados para el informe de burócratas y difusos ministerios de Guerra y Marina dan cuenta de la dimensión mítica y sobrecogedora que la región ha asumido para aquellos hombres comisionados durante décadas para explorarla, conquistarla, civilizarla o simplemente describirla.

 

Las voces argentinas

A fines del siglo pasado, Roberto Payró hacía su excursión en barco a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados y describía un país en el que aún vivían indios puros, aunque diezmados por los vicios del blanco y la incomprensión de los sacerdotes  dispuestos a convertirlos a toda costa. Payró cuenta que los onas, capaces de vivir de lo que extraían de las aguas heladas del Atlántico Sur, “son tan buenos y tan hospitalarios que el mismo enemigo es sagrado en su choza”.
Pero es el propio Bartolomé Mitre, general y propietario del diario La Nación -que ha enviado a Payró al sur- quien precisa el sentido profundo de la obra. “Su libro -escribe Mitre- importará una toma de posesión en nombre de la literatura de un territorio casi ignorado”. Y allí se revela otra marca esencial: la toma de posesión. Dottori y Lafforgue han dicho con certeza que “el empleador de Payró asigna a la Australia Argentinaun doble papel escriturario: por un lado, la escritura de una especie de compendio de descripción; (...) por otro lado, una escritura en el sentido de la toma de posesión de las tierras australes, que completaría la posesión del “desierto” ejecutada por el general Roca en su campaña de exterminio de los indios en 1879”. Payró llevaba “el mandato de ‘poseer’ literariamente las tierras; la posesión real, no simbólica, será obra de los terratenientes”. (5)
Raúl González Tuñón pisaba Río Gallegos en la década del ‘20, con la sangre aún caliente de los peones asesinados por Varela en la Patagonia trágica que Bayer investigaría con rigor décadas después. Allí escribió El cementerio patagónico y otros textos extraordinarios. Con él aparece por primera vez una mirada revolucionaria sobre los sucesos de estas tierras, con la mirada puesta “en una obra viva, llena de tierra y llanto, cubierta de raíces y de sangre”. (6)
Algunos años más tarde Arlt llegaba a Viedma y Carmen de Patagones, en un itinerario que terminaría por introducir a la Patagonia al mundo de sus aguafuertes, recalcitrantemente porteño en el estilo y en los temas, con la excepción de las que escribiera en su recorrido por España. 

 

Herencia para escritores de la Patagonia

Durante cinco siglos, el relato acerca de la Patagonia  -palabra cuyo origen etimológico está en una novela de caballerías, y de ninguna manera en las extremidades inferiores de los habitantes originarios de estas tierras, aunque sus buenas piernas tenían- fue escrito por quienes desembarcaron aquí a partir del siglo XVI.
De Pigafetta en adelante, los viajeros-cronistas llegaban en barcos españoles, británicos o de la Armada de Buenos Aires.
Los testimonios de los nativos sólo circulaban mediatizados por los profesionales: militares, médicos, sacerdotes anglicanos o católicos, científicos, periodistas. Incluso los lenguaraces, que conocían las lenguas aborígenes y el castellano, estaban al servicio de los que llegaban.
Probablemente, los primeros intermediarios o cronistas que asumieron la perspectiva de los habitantes originales para relatar los acontecimientos del sur fueron los renegados, aquellos cristianos que desertaban de la civilización del máuser y se iban a vivir a las tolderías.
Podría decirse que esa tradición de renegados -en un sentido amplio y metafórico- la heredaron aquellos que escriben desde la Patagonia. Si no todos, la mayor parte de los más destacados adhiere a una heterodoxia marcada también por la excentricidad geográfica y la voluntad desafiante de quien mira desde los márgenes.
Podemos trazar una analogía provocativa entre el gaucho, de quien esa tradición surge originalmente, y los escritores que se ganan la vida -o la pierden- en la Patagonia. Como aquellos gauchos, “endurecidos como a golpes de hacha por una vida de aventura y peligro en una comarca más o menos desierta o salvaje; puros sujetos de arrojo y alerta, confiando solo en sí mismos, más aislados del resto de la sociedad que el marino o el minero, pero sin la cárcel flotante del uno ni la anclada del otro, lejos del patrón y del cura” (7) los escritores hacen aquí su obra en silencio. Ese es el espíritu, aunque persistan discusiones acerca de aquello que puede denominarse con propiedad literatura patagónica o acerca del tiempo necesario para que esa literatura tenga su Melville.

 

El valor extremo de la palabra

Desde el otro lado, la percepción de los primitivos habitantes de la Patagonia permite reconstruir otro polo de este imaginario y esta tradición en ciernes que nos trae atisbos de una posible mirada patagónica, construida sobre la riqueza de la ambigüedad y la pluralidad de las culturas.
Contrariamente a aquella manía documental de quienes llegaban, los indios -poseedores de una rica tradición oral- ponían el énfasis en la palabra y en hablar con elocuencia.Elocuencia como verdad y como muestra de estilo al mismo tiempo. “Qué clase de hombre sería yo si no dijera la verdad. Puedo darme un lujo: decir que nunca he mentido, ni a los raza blanca que nos alambraron los campos para dejarnos del lado de afuera” decía el cacique Manuel Quilchamal a sus 106 años. (8)
Ese énfasis en el valor de la palabra tiene su comprobación extrema en la etimología araucana. Ese pueblo utilizaba para denominar a jefes o caciques el vocablo qülmen, cuyo significado primitivoes el que habla bien, el orador. Asimismo, el lonco de una agrupación mapuche debe poseer esas dotes. (9) También allí está el germen de una tradición literaria, aunque literatura posea un sentido original ligado puntualmente a la escritura.
Más que efectuar consideraciones estériles acerca del paisaje desde un punto de vista naturalista o a partir de la variación de los géneros, cabe rastrear en la literatura del sur del mundo la presencia de la marca espiritual que deja este paisaje particular en los relatos mismos y  en el lenguaje.
En la Patagonia -como en el resto del planeta- sólo nos queda profundizar en el misterio y en el oficio terrestre del arte, que pueden transformar lo meramente folklórico en literatura con aspiración universal.
Esta es la tradición de los renegados, de los gauchos que confían solo en sí mismos, más aislados del resto de la sociedad que el marino o el minero, la tradición de los qülmen que aspiran a la elocuencia como verdad y como muestra de estilo; y también aquella que legaron los viajeros ilustres. Es una tradición en ciernes, es cierto, pero nos trae atisbos de una posible mirada patagónica, construida sobre la riqueza de la ambigüedad y la pluralidad de las culturas.

 

 

 

Referencias

1. Pigafetta, Antonio: “Primer viaje en torno del globo”. Espasa Calpe, Buenos Aires, 1943.
2. Paesa, Pascual y Massari, Laerte: “Reseña documental de la primera población del Chubut”. Anales de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Comodoro Rivadavia, 1972.
3. Franco, Luis: “La pampa habla”. La Verde Rama, Buenos Aires, 1968.
4. Casamiquela, Rodolfo: “El otro lado de los viajes”. Editorial Universitaria de la Patagonia, Comodoro Rivadavia, 1993.
5. Dottori, Nora y Lafforgue, Jorge: Prólogo a “Las fronteras”. Desde la Gente-IMFC, Buenos Aires, 1993.
6. González Tuñón, Raúl: “La rosa blindada”. Libros de Tierra Firme, 1993. 
7. Manuel Quilchamal: “Un cacique de 106 años y los raza blanca”, entrevista de Cristian Aliaga. Diario El Patagónico, Comodoro Rivadavia, 27-3-85.
8. Franco, Luis: ídem.
9. Fernández, César: “Cuentan los mapuches”. Nuevo Siglo, Buenos Aires, 1995.