Claudia González Galina
Por Cristian Aliaga

Claudia González Galina interviene sobre rocas y mares convertidos en arena volada. Su apelación al gran formato es el ademán natural de quien se apropia de superficies que para otros resultarían ásperas, intratables. Con esos materiales –y una técnica obsesiva que trata a superficies inmensas como si fueran miniaturas– construye una realidad otra, la suya, que ha visto transfigurarse desde su ventana que da a un mar sacudido por olas inmutables.

Las obras de CGG son mareas pacientes, furor diseminado en colores hallados tras larga búsqueda, que abisman y hacen soñar territorios imaginarios, absolutamente reales. La apariencia de calma perfecta está fundada en temporales extraordinarios que la artista sabe leer como si no pasara nada, al igual que el navegante solitario que no tiene patrón ni rumbo prefijado, sino estrellas para interpretar en el cielo vasto. Ya dijo Melville, claro: “los ángeles son tiburones dominados”. 

Para nombrar sus visiones, la artista usa palabras como cuentos, traducciones, lecturas. Hay una expropiación de otros lenguajes que se niegan a ser explícitos, que ruegan no ser sometidos a la tiranía de lo evidente. CGG busca lo que está detrás del paisaje –sugiero, con la única autoridad de haber viajado como ella por territorios que no descubren su belleza salvo ante miradas sutiles y persistentes–. 
  
No hay figuración posible en CGG, y si la hay se trata siempre de una imagen misteriosa que se forma en nuestra mente al influjo de esa armonía; pero que jamás podría describirse con palabras o reducirse a un objeto de dimensión única.

Las obras de Claudia González Galina (me) hacen ver lugares que no podemos retener, aunque hayamos pasado por allí una y mil veces. Es por culpa de su teoría del color, su técnica experta en raspar el material con la manía de ver qué aparece detrás de lo que todos ven, sus lentes metafóricos de ojo de pescado o gran angular al sol, su heterodoxia rayana con la perfección del hereje.

Cautelosa a la usanza de los criollos del sur, se pone a resguardo de corrientes homogéneas y del simulacro de vanguardias; navega en lo hondo de una marea sutil que
–para mí– trae aguas de socorro desde Xul Solar a Ana Eckell, desde Roberto Matta a Alfredo Hlito.

CGG hace su obra en el sur del mundo –estos territorios de la terra incognita que durante siglos fueron reinventados por polizones (Pigafetta), viajeros british (Musters) y diletantes (Chatwin)– pero pinta como si no estuviera aquí, con la distancia perfecta que le da haber visto con una sonrisa irónica la mudanza de las modas locales, el paso de los aventureros codiciosos y la secuencia previsible de las crueles provincias.

La mirada de González Galina corroe el lugar común, gotea un ácido que persiste sobre la descripción obvia de aquellos que se resignan a mirar sólo para ver. En un gesto oriental, 
deja ahí una mirada oblicua sobre el poder, una ironía que desarma. Asume, como afirma Pablo de Santis sobre el arte argentino de fines del siglo veinte, que “la pintura trabaja menos con los entusiasmos de su época que con sus restos, con lo que quedó en el camino, con los vacíos”.

Probablemente porque los recorridos de la Patagonia son interminables, y lo dejan a uno inerte, incapaz al final de dar un solo paso, CGG comenzó hace casi una década a experimentar con la indagación del espacio pictórico a través de la gran dimensión. Esa experiencia la condujo a una inacabable búsqueda de técnicas, materiales y estrategias que le permitieran hallar herramientas expresivas a la altura de su propia desmesura.

No pinta el horizonte que la mirada tradicional ha recortado, descubre otro lugar para sumergir su ojo libre de ataduras. El pensador Rudolf Steiner dijo que “no podemos dibujar un árbol. Podemos trazar líneas azules y verdes en contraste contra el fondo negro, y esperar que el árbol aparezca”.

Claudia González Galina ha trazado con excelencia las grandes líneas de estas obras extraordinarias. Dije con excelencia: visión poética, desprejuicio, naturalidad, técnica sin ataduras, precisión, carácter lúdico. Ha rasgado, macerado, mutilado los materiales sobre azules, ocres y negros rojos de furia. Ella nos permite esperar que el árbol –de la memoria, de la adivinación, de lo verdaderamente humano– aparezca detrás de esas líneas. La imagino musitando como Samuel Beckett: “¿Levantar la cabeza? ¿Dónde cree que estamos, en la Patagonia?”.

 

 

Comodoro Rivadavia, mayo de 2005.