in embargo, nadie podrá ver de cerca a la Patagonia si no registra el burdel que sigue al petróleo en las ciudades móviles de la voracidad petrolera, los peladeros donde agonizan los descendientes de los pueblos originarios en sitios que la civilización llama “reservas”; sin detenerse en estos pequeños pueblos de la Cordillera donde el tiempo parece haberse detenido y el atraso permitió preservar grandes extensiones de naturaleza intacta que hubieran conmovido a Matshuo Basho. Aquí, la vida campesina pugna por sobrevivir en su ritmo lento y humano, mientras los jóvenes huyen para engrosar los barrios marginales de las grandes ciudades.

El modesto cuarto en que durmió Chatwin en su paso veloz, la cabaña de troncos en que Butch Cassidy pensaba envejecer en Cholila, la pampa pelada donde se desangraron Facón Grande y otros mil peones rebeldes como él, fusilados por la Iluminación. Eso queda en la memoria de los viajeros, junto a los altares sucesivos al Gauchito Gil, el Maruchito y otras divinidades populares, los depósitos derruidos y las estaciones abandonadas del tren. Cuando los vientos, siempre cambiantes en estas latitudes, despejen la última ceniza del volcán, se apagarán los flashes de la tecnología y la gente de la Cordillera dejará de verse en los noticieros que mira por satélite en las largas noches de invierno. Regresarán entonces a su leña, sus animales, a los víveres atesorados para pasar el invierno, a su sueño de un verano plagado de turistas internacionales. Regresarán, también, a su costumbre inamovible de aguantar en silencio todas las calamidades de la naturaleza y las imprevisiones de un país que los deja, siempre, a la intemperie.