asi a mitad de camino entre El Bolsón y Esquel, la pequeña comunidad mapuche que encabezan Atilio Curiñanco y Rolsa Nahuelquir sacude las cenizas de la modesta carpa que constituye su vivienda, y cubre con una lona el Peugeot 504 que los lleva cada tanto a Esquel. Ocupan un fragmento de la Estancia Leleque, que administra la Compañía de Tierras del Sud, del empresario italiano Luciano Benetton, quien tiene cientos de miles de hectáreas en Chubut, y aseguran que encabezan “una pulseada contra el latifundio, que no es usurpación sino retorno al territorio ancestral”. Llevan largo tiempo ahí, a la intemperie. Hace poco un juez de la Nación les prohibió hacer fuego, en pleno invierno, para preservar los bienes de Benetton. 

“Hay una cosa que yo lamento en la vida”, dijo Deng Xiaoping a un periodista. Era el emperador que había introducido la economía de mercado en China y reinaba sobre 1.200 millones de personas. “Soy viejo, ya sé que nunca podré ir a la Patagonia. Me pesa. Desde chico, cuando leía las historias de Magallanes y de Darwin, siempre pensé que alguna vez iría. Pero claro, uno nunca decide”, dijo Deng, casi triste. Era otra víctima del mito.

Como Deng, ciudadanos de todo el mundo registran el perfil exótico de la Patagonia, los inmensos campos comprados por Benetton, Stallone o Turner, las torres petroleras multiplicadas de la española Repsol, los glaciares de postal y una colección de lagos vírgenes de deshielo, los buques factoría pescando hasta el alma del Atlántico, la experiencia de la distancia que Baudrillard fue a buscar, los viajes de quienes buscan una aventura o una metáfora de la virginidad territorial.