ntonces, el ciclo comienza de nuevo. El show de las obras hídricas es un paradigma del descontrol: máquinas contratadas por hora a precios pactados en las capitales mueven toneladas de tierra y piedra, construyen defensas, mueven los límites de los ríos Azul, Quemquemtreu y otros, innumerables, y dejan todo preparado para la próxima inundación. Obras de infraestructura no se hacen, porque los ríos son más cambiantes que las empresas contratadas, siempre las mismas.

También se cumple el otro rito que los pobladores ribereños observan con ojos de indiferencia. Camiones con colchones nuevos, electrodomésticos, maderas, tirantes y otros enseres llegan al costado de los ríos para que los inundados vuelvan a levantar y equipar sus casas precarias. En los mismos lugares que serán arrasados, otra vez, en la próxima inundación. Bajo el manto de cenizas que vuelan desde Chile, las cosas no cambian tanto. En este país, que hace de la emergencia un culto, el llamado “interior” vive librado a la improvisación y las grandes obras de infraestructura esperan su turno en una lista interminable que encabeza el tren bala.

En El Hoyo, Sixto Delgado mira caer, entre mate y mate, las cenizas “chilenas”. Está en su casa, dolorido e inmóvil. Desde el jueves santo que lo tienen de un lugar para el otro, pero nadie se decide a firmar una derivación que asegure el fin de su padecimiento. Padece de hernia de disco, complicada “en la quinta vértebra”, según el Dr. Barbeito, de El Bolsón, y no se puede mover. Sixto no tiene obra social. Por eso lo mandaron de vuelta a su casa, después de varios paseos al Hospital de El Hoyo y un par de entradas al de Esquel, donde no se tomaron el trabajo de confeccionar su historia clínica. Las cenizas no hacen más que agregar un tono plomizo a sus quejas, que se pierden en el aire. Un enfermero le dijo al oído que la operación cuesta “como 20 mil pesos”, y “nadie se quiere hace cargo”.