quí, como ha repetido (el gobernador Mario) Das Neves, todos están preparados para afrontar los rigores de cada invierno a solas con su propia resistencia. Antes de la llegada de la estación de los rigores, se trata de acumular víveres, leña, combustible, garrafas, ahorros del verano. Pasar el invierno cerca del fuego se ha vuelto la máxima aspiración en estos lugares, donde los pequeños productores de frutillas, frambuesas, endivias o conservas impecables no hacen más que sufrir frente a un mercado que los agobia y un Estado que no los incluye salvo en los discursos. Criar pavos, gallinas, conejos o preparar delicatessen no alcanza para vivir todo el año. Hartos están de escuchar a los encantadores de serpientes que provienen de difusos ministerios de la producción o consultoras contratadas para evaluar créditos que jamás llegan a las chacras, empobrecidas dentro de un paisaje idílico.

La leña y el gas envasado están cada vez más caros, y medran con eso quienes hacen de la política su agosto. La gente ya no cree en nada, pero recita el credo del asistencialismo, que la política presenta como panacea periódica bajo nombres agradables como Plan Calor o Arraigo. El empleo público es una vía hacia la supervivencia, para los trabajadores sin empleo productivo pero también para los punteros políticos.

El negocio del invierno se parece al de las inundaciones. Los más pobres, que viven eternamente en las riberas de los ríos turbulentos, esperan los desbordes periódicos como si se tratara de una serie de TV. Cada dos, cuatro o cinco años el deshielo desborda los cauces, destroza las casas de cantonera y chapa, arranca de cuajo árboles de antigua data y pone a la región en emergencia, que significa canilla libre para el Estado.