a Comarca Andina aparece poco en la historia de la Patagonia, aunque en el siglo XVI los españoles llegaron del Pacífico en busca de la ciudad de los Césares. Butch Cassidy –cuya cabaña puede verse en Cholila, algo estropeada por expertos de Rawson– hizo ese recorrido en sentido inverso centurias después, y se deslumbró con el paso a Chile por el Puelo. Ya en el siglo XX, Motoco Cárdenas huyó de las tolderías con la hija del cacique Ñancucheo, para convertirse en el primer poblador de Lago Puelo.
En el límite entre El Hoyo y Epuyén, Martín Sheffield simuló las huellas del plesiosaurio que tentaron a Clemente Onelli. Musters, el perito Moreno, el barón Holdich y Bailey Willis precedieron a los primeros turistas, que pisaron la Comarca recién en 1928.
Los mismos hippies que en los años 60 convirtieron al Bolsón de los cerros en cima del flower power chatean ahora desde la vera del río Azul o frente al lago Puelo. Llegaron a disfrutar de los paraísos artificiales, a contemplar el silencio y la mudanza de las estaciones. El escritor Diego Angelino levantó en Villa Turismo uno de los viveros más bellos del Sur, y lo nombró Tierra Baldía para no olvidar a Eliot.
Cada día llega por lo menos una familia que sueña trabajar con sus propias manos, a escape vivo de las locuras urbanas. Para dar una idea del espíritu que se puede hallar en la Comarca no es preciso enumerar la belleza de lagos, cerros, refugios vírgenes y glaciares; o usar adjetivos que matan. En algunos senderos, bajo la paciencia del ciprés, el viajero puede sentir que –a contramarcha del mundo conocido– a “este camino/ ya nadie lo recorre;/ salvo el crepúsculo”.

Criollos, hippies y ex habitantes urbanos se han acostumbrado a convivir, aunque los prejuicios persisten. Se han habituado también a los desmadres de la naturaleza, que incluye ciclos de desastre, desazón y nuevamente belleza. Las cenizas del Chaitén, desparramadas por toda la región, agregan en este otoño una visión crepuscular, pero no angustiante.