Maestros para recordar son David Aracena y Donald Borsella –cuentistas notables– y Asencio Abeijón, el gran cronista criollo. Aunque se trata de ellos por separado, una selección del pensamiento y el arte de Chubut debería incluir al etnógrafo Rodolfo Casamiquela, a los ensayistas María Eugenia Correas y Virgilio Zampini, a los artistas plásticos Miguel Ángel Guereña, Claudia González Galina, Adrián Pandolfo y José Luis Tuñón; a los fotógrafos Pini Raffaelle, Teodoro Nürnberg y Ge Táboas y a los músicos de rock de “113 Vicios”.

El cruce de miradas.  Lejos estamos de la kodak excursionista que procura registrar lo pintoresco y lo exótico. La tradición de estas tierras es necesariamente ambigua, poseedora de múltiples sentidos. La configuración de una tradición en la literatura de Chubut nace del cruce de miradas, de la penetración sensual y violenta de culturas y lenguajes. De allí surgirá la posibilidad de una ficción diferente,cargada por la mixtura. Los galeses huían de la hegemonía inglesa y trataban de salvar su antigua cultura y su propio idioma. Hoy, en una paradoja casi literaria, preservan arcaísmos idiomáticos y ciertas instituciones que hace tiempo han desaparecido de Gales tal como existían cuando viajaron aquellos aventureros. 

Kafka, y cómo ser encontrados. El gran Kafka permite leer en clave patagónica un fragmento de su diario: “si por terquedad o por humildad o por miedo o por ignorancia o por nostalgia no hubiera abandonado nunca Robinson Crusoe el punto más alto, o mejor dicho, el más visible de su isla, pronto habría perecido, pero como, sin prestar atención a los barcos y a sus débiles catalejos, empezó a investigar toda su isla y a deleitarse con ella, se conservó vivo y a la postre –con una lógica que de todos modos no le es necesaria al entendimiento– fue encontrado”.