enegados. Probablemente, los primeros cronistas que asumieron la perspectiva de los habitantes originales para relatar los acontecimientos del sur fueron los renegados, aquellos que desertaban de la “civilización” y se iban a vivir a las tolderías. Muchos de los escritores actuales están marcados por la heterodoxia, la excentricidad geográfica, la voluntad desafiante y la ambición universal. Es posible trazar una analogía entre aquellos renegados y los escritores que se ganan la vida –o la pierden– en Chubut. Se trata de “la civilización y –enfatizo la conjunción– la barbarie, como decretó Sarmiento”, afirma Piglia. Existe otro polo de este imaginario: ahora, descendientes de los pobladores originarios enfrentan la coerción cultural en busca del sentido original de las palabras de sus ancestros.

Anti-tradición. Es una anti-tradición en ciernes, que trae atisbos de una posible mirada patagónica, construida sobre la ambigüedad y la pluralidad, remasticada, pasada por nuestra propia voracidad y canibalismo literario, por la parodia y la remasterización de los lugares comunes del viajero. Resulta un signo potente que una parte importante de la mejor literatura del sur –tierra de hombres por el mero predominio masculino que provocan el petróleo, los barcos y la ganadería–esté siendo escrita por mujeres. Como en un guiño cómplice a Florence Dixie –quien en 1879 iniciara un viaje de vagabundeo por el extremo sur–poetas y narradoras dan hoy una visión ácida e imprescindible. Ninguna concesión reclaman para sí escritoras y escritores que viven al sur. Prefiero el casi fraternal chiste del poeta chileno Jorge Teillier: “yo no me siento provinciano en Temuco porque Santiago de Chile es una provincia de París”. O el señalamiento de Héctor Tizón, quien tras ser considerado en Europa un “escritor del interior de la Argentina”, se preguntó: “¿y los escritores de Buenos Aires de dónde son? ¿del exterior?”