os relatos heredados. En 1520, Antonio Pigafetta inicia la saga de los relatores-viajeros de las tierras australes. El cronista de Magallanesanticipa el tono que marcaría a sus sucesores. Sus crónicas revelan la mirada extrañada y superior, de quien trata al nativo como a un niño o a un adulto de escasa sabiduría y honda ingenuidad. El tono de esa mirada –admonitorio, a veces humillante pero paternalista– aparecerá en el relato futuro de la Patagonia durante siglos. Aún hoy quedan términos como  “insurrectos” o “delincuentes” en textos diversos, aplicados a luchadores sociales,; y surge la palabra “indios”, algo obscena a esta altura, indiferenciada, referida a tehuelches, mapuche, selknam y otras etnias. El relato y la toma de posesión real se vinculan: parte de las tierras que relevó Musters para la corona británica está hoy en manos de la multinacional Benetton, quien ha sido noticia en Argentina y Europa por su desprecio ante los reclamos de la comunidad mapuche-tehuelche. Las mismas tierras, los mismos dispositivos, la misma mirada pragmática y superior que enlaza a Pigafetta-Falkner-Musters.

Tuñón, Arlt, Borges. Raúl González Tuñón pisaba el sur en la década del ‘20, con la sangre aún caliente de los mil peones asesinados por Varela en la Patagonia trágica. Con él aparece por primera vez una mirada revolucionaria sobre los sucesos de estas tierras. Años más tarde Roberto Arlt introducía a la Patagonia al mundo de sus aguafuertes. Resulta simbólica la presencia de Arlt en la Patagonia, por el lugar que él ocupa en la literatura argentina (“El cadáver más pesado”, ha dicho Ricardo Piglia de él). Borges apenas vio el desierto y las torres de petróleo de la Patagonia como símbolos de desolación, tópicos o camellos de un desierto sin paradigmas, y quedó impresionado por el silencio. Tanto para Arlt como para Borges la Patagonia fue tan exótica como el Sahara. O quizá más aún. Para Arlt, el territorio está más asociado a la utopía libertaria de los anarquistas que a cualquier cuestión “nacional”.