l territorio. Ciudadanos de todo el mundo registran el perfil exótico de Chubut, los inmensos campos comprados por Benetton, Stallone o Tinelli, las torres petroleras multiplicadas de Repsol o Pan American, montañas de postal, ballenas, la ruta 40 y una colección de lagos vírgenes;  los buques factoría pescando hasta el alma del Atlántico; la experiencia de la distancia que Baudrillard fue a buscar; los viajes de quienes buscan una aventura o una metáfora de la virginidad territorial.

Detrás del mito. Sin embargo, jamás podríamos ver de cerca una imagen de Chubut sin el burdel que sigue al petróleo en las ciudades móviles de la voracidad petrolera; sin los peladeros donde agonizan descendientes de los pueblos originarios en sitios que llaman “reservas”. Detrás del mito quedan un modesto cuarto en que durmió Chatwin en Los Tamariscos, la presunta cabaña de troncos en la que Butch Cassidy pensaba envejecer en Cholila, la pampa pelada donde se desangraron Facón Grande y otros mil peones rebeldes como él, fusilados por la Iluminación. Además, los altares sucesivos al Gauchito Gil, el Maruchito y otras divinidades populares, las estaciones abandonadas del tren y los caminos que asoman interminables.

Al fin, la cultura. Tampoco es posible percibir el modo en que Chubut sigue inventándose hoy sin el arte, sin los relatos de origen incierto que se repiten en bares perdidos, sin la literatura, casi desconocida, que aquí se escribe. Insoportablemente relatado, manoseado por aventureros, especuladores y poseedores de cultura, también un territorio tiene derecho a sollozar. La tragedia escrita de este territorio abunda en relatos ajenos y de ella emerge una literatura incipiente más ligada a las vanguardias y a la ruptura que a la tradición folklórica.